22 junio 2006

Pantera martinica

"[...] Resultó ser una negra de la Martinica, hermosa como una pantera y que estaba como un tren. Además, tenía muy buen carácter. Para convencerla de que aceptara los últimos sous del inglés, Fillmore tuvo que prometerle que iría con ella en cuanto acabase con el inglés. La princesa observó, escuchó lo que se decía y después adoptó una actitud altanera. Se sentía ofendida. "Pero, bueno", dijo Fillmore "¿no querías algo excitante? ¡Puedes mirar cómo lo hago!". No quería mirarlo a él... quería mirar a un pato. "¡Qué leche!", dijo él. "Yo valgo tanto como un pato en cualquier momento... tal vez un poco más." Y así, de una cosa, pasamos a otra y, al final, la única forma de aplacarla fue llamar a una de las chicas y dejar que se dieran el lote un poco... Cuando Fillmore volvió con la negra, ésta echaba llamas por los ojos. Por la forma como la miraba Fillmore, comprendí que debía de haber estado fenomenal y empecé a ponerme cachondo yo también. Fillmore debió de comprender cómo me sentía y el tormento que era pasar la noche sentado y mirando, pues de repente sacó un billete de cien francos del bolsillo y, colocándolo en la mesa de un manotazo, dijo: "Mira, tú probablemente necesites un polvo más que ninguno de nosotros. Toma esto y elige una para ti." En cierto modo, aquel gesto me congració con él más que cualquier otra cosa que hubiera hecho por mí y eso que había hecho mucho. Acepté el dinero con la intención con que me lo daba y al instante indiqué a la negra que se preparara para otro polvo. Aquello irritó a la princesa más que nada, al parecer. Preguntó si no había nadie allí que nos gustara bastante, excepto aquella negra. Le dije rotundamente que NO. Y así era: la negra era la reina del harem. Bastaba con mirarla para tener una erección. Sus ojos parecían flotar en esperma. Estaba ebria con todas las peticiones que recibía. Ya no podía caminar derecha... al menos, así me lo parecía. [...]"


(Trópico de Cáncer, Henry Miller)

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