21 mayo 2006

Para pasar página

Es martes, y como cada martes, salgo de enología entrada la tarde, sin haber comido prácticamente. Inconscientemente voy directo a la parada de autobús para ir a algún restaurante o cafetería de los pueblos de alrededor.

No es muy pronto que digamos, y voy contrarreloj, por lo que me meto en la primera cafetería al bajarme del autobús. Parece que está en obras, pero decido meterme. Efectivamente, es nueva y hoy es su primer día, pero hay bastante gente.

Me acerco a la barra y el camarero responsable de ésta, bastante viejo y seguro de sí mismo, se me acerca preguntando si podía antenderme en algo. Tras pensármelo unos segundos, me decido por un pepito de ternera y una copa de vino tinto para ir aclarándome la garganta. Acerco un taburete con mi mano derecha y me siento en la misma barra. El albañil de mi izquierda, poco mayor que yo –si no de mi misma edad–, deja el Marca en la barra y se va con un "Hasta mañana". –A pesar de haberse inaugurado el local este mismo día, parecían conocerse.

El camarero no deja el cigarrillo tranquilo. Le pega una calada, coge un paño y frota parte del mostrador sin quitarse el pitillo de la mano. Deja el paño en su sitio, mientras le pega una segunda calada, y lo deja en el fregadero, sin dejar de disimular sus ansias de fumar. Me está dando bastante asco.

Me deja el bocadillo encima de la barra. Es un cuarto de barra cortada por la mitad con un trozo de filete. Le pego un bocao y después de masticar y tragármelo, me relamo. Me encanta, aunque le hubiera untado un poco de tomate. Mientras me termino el entrepán, el viejo empieza a mezclar el contenido de algunas de las botellas de vino que hay a disposición de los clientes. "Qué asco", pienso. Está haciendo una mezcla de marcas, añadas y variedades que da verdaderamente asco. Menos mal que el que me sirvió me lo descorchó en las narices...

Termino, pago y me voy. Me echo un cuarto de hora al sol, en un parque, y me subo a otro autobús. Esta vez el destino es mi casa, necesito descansar. Me siento y me aíslo con mi iPod.

A la mañana siguiente, saliendo por la puerta de casa me doy cuenta de que me falta algo. Me palpo, a la vez que a mis bolsillos: "Mierda, el abono". Y junto a éste, mi documentación, tarjeta de crédito, carné de la universidad, el billete de 10€ que me sobró del día anterior, etc. Vuelvo a mi cuarto y me quedo media hora buscando, y no lo encuentro por ninguna parte.

Desisto y voy para clase, indocumentado y con cuatro monedas. A la vuelta me conecto a la Línea Abierta de mi cuenta corriente y me quedo anonadado al ver que hay dos movimientos hechos la noche anterior en un "Todo a 100" y en un supermercado: "¡Mierda, me lo han robado!".

Me toca cancelar la tarjeta y poner una denuncia en la comisaría de la Guardia Civil.

Un día para olvidar, sin duda.

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