Son las dos menos diez y, apesar de haberme acostado ya, soy incapaz de conseguir dormirme. No sé si es intranquilidad, nerviosismo, calor... o todo ello revuelto. Pensar en el --duro-- madrugón que está al caer, digamos que no me facilita las cosas, complicándomelas pues aún más.
Me desperté esta mañana más tarde de lo normal, con Joaquín Luqui en la cabeza. Me extrañó haber soñado con él. Nunca antes lo había hecho y, conscientemente, ignoraba la caída que había tenido hacía unos días en su casa. Me senté frente al ordenador. Abrí tres ventanas distintas del navegador haciendo que cada una de ellas fuera a uno de los tres periódicos en línea que suelo leer. En todos ellos se anunciaba que uno de los protagonistas de mi(s) sueño(s), con el único con el que me había quedado en la cabeza, había fallecido hacía unas horas. No entendí nada.
Al cabo de unas horas, me disponía a sacar a pasear a mi perro como otra mañana más, cuando mi hermana me comentó que iba a salir a correr para preparar el cross entre colegios que tendrá lugar en un par de semanas. Opté pues por la opción de salir los tres, junto con mi madre. Paseo con --parte de-- la familia. Y así fue: salimos hasta que recorrimos apenas un quilómetro, el perro estaba alteradísimo e ignoraba el porqué. Mi hermana empezó a correr y el perro se alteró aún más: ladró, aulló, intentaba correr tras mi hermana... Al ver que ni mi inmutaba, decidió estirarse en el suelo, con cara de pena, como si mi hermana se hubiera marchado, hasta que la vio, al pasar unos minutos, aparecer al otro lado del camino, esta vez en dirección hacia nosotros. Se le veía contento. El problema fue cuando pasó de nosotros de largo y siguió corriendo --emulando el recorrido que se iba a establecer--, y el perro quiso correr, una vez más tras ella. Esta vez le grité que se diera media vuelta, pues no podía sujetarlo más. Sin embargo, mi hermana le tiene pánico. Quizás algún día se lleven bien.
Nos sentamos en un banco para que recuperara el aire perdido y decidí emprender el camino de vuelta a casa. Drago no había hecho ni la mitad del ejercicio que suele hacer cada mañana, pero se me hacía imposible tenerle inquieto. A punto de llegar a casa, nos cruzamos con el Beagle del vecino. Un perro precioso, con el que se llevaba fenomenal. Se juntaron y Drago empezó a gruñirle enseñándole los dientes y el otro, sin entender nada, se le lanzó para jugar, como siempre. Intentó morderle y el Beagle comenzó a aullar como nunca le oí hacerlo. La dueña del perro vecino decía que no intentaba hacerle daño, pues movía el rabo y no llegaba a morderle, pues con la diferencia de tamaño que hay entre los dos, lo habría hecho si hubiera querido. Me disculpé diciendo que lo sentía, pero que mejor me iba a casa...
Hoy ha sido un día extraño... y mi perro lleva unos días un tanto raro...
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